María amaba a Mario en silencio. Lo amó así toda la vida desde el primer instante en que lo vio. Asistió con amor a sus nupcias con otra. Celebró felizmente el nacimiento de los hermosos hijos que aquella le dio y el de los hijos de éstos, sus nietos. Lo siguió amando ya viudo, y a lo largo del tiempo, mientras lo veía envejecer y enfermar. Lo amó cuando, finalmente, una tarde Mario murió y tocó enterrarlo, y lo siguió recordando con igual amor hasta el día en que ella misma cerró los ojos a la vida.
María murió feliz amando a Mario sin añoranzas ni deseos de él, como había hecho siempre. Mario jamás supo de ese amor silencioso y absoluto de Maria, lo cual prueba –según creo- la secreta veracidad de esta historia.