Domingo de perros, de lluvia y de desidia, domingo no iluminado del Señor. Duele el cansancio de no tener sino pobres ideas sobre las cosas. Ideas sobre bosques clandestinamente talados, sobre árboles abruptamente arrastrados ladera abajo, sobre troncos desbrozados y cargados en toscas barcazas, en gigantescos camiones que rugen en picado hacia las voraces serrerías. Ideas, también, sobre mí mismo, esculpiendo con esmero mi destino de renuncia, tallándolo piedra a piedra, palabra a palabra. Y sobre otros seres, reales o imaginados, también únicamente ideas. Ideas cansadas, cual viruta sin peso de esos pesados troncos almacenada en prosa por cansancio. Y junto a este cansancio terminal de mis ideas, la sensación de haber equivocado por completo mi vida.