20 de enero de 2011

*La oreja del mundo

Esta noche puedo oírlo todo. Oigo tu dormir de respirar pausado, tu llorar de niña pequeña que aún se sueña sola, el roce de las sabanas sobre la desnudez de tu cuerpo y sus anhelos de mujer. Sí, estoy atento y te oigo existir. Y oigo más. Oigo la lluvia que caerá mañana sobre la ciudad en la que estás y que ya hoy moja mi ánimo con su humedad anticipada. Y oigo el dolor de la gente y ese run run como de tontería bondadosa que es su vivir. Sí, oigo el dolor de la gente. Me mezclo con él cada día en el bar, en la calle, en el trabajo. Conozco su olor, su sabor, su crujir de maquinaria mal engrasada que chirría desencanto. Y hasta mi propio dolor oigo esta noche, porque esta noche puedo oírlo todo. También el tric-trac de mi pensamiento. Oigo mi pensamiento introspectivo y retrospectivo, mi pensamiento excéntrico y concéntrico, mi pensamiento Alfa y Omega de todo cuanto soy capaz de pensar y de sentir, de todo lo que soy capaz de desear. Y hasta mi vida puedo oír esta noche, porque esta noche soy la oreja del mundo y lo puedo oír todo. Oigo mi vida, recomponiéndose como un puzzle al que ya siempre le faltarán algunas piezas, y oigo mi sensibilidad vibrando cual frágil hoja expuesta al gélido viento de la existencia, y hasta el hilo de sutura que el tiempo va enhebrando en mi alma a cada nueva herida oigo, porque esta noche lo puedo oír todo. Todo, excepto lo único que en verdad quisiera oír: el rumor del oleaje de tu voz a través del móvil que ayer el náufrago que siempre seré hundió en las más negras aguas del olvido.