11 de febrero de 2011

*Joaquín Sabina



Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

Las chimeneas vierten su vómito de humo
a un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.

Ya el campo estará verde, debe ser primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.

Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía,
en la escalera me siento a silbar mi melodía.

Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.

Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.

Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.

Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía,
en la escalera me siento a silbar mi melodía...

Joaquín Sabina nació en Úbeda (Jaén) en febrero de 1949. Hijo de un comisario de policía (que le detuvo a los 19 años por pertenecer al Partido Comunista). Con 14 años comenzó a escribir poemas y a componer música en una banda formada por amigos. En 1968 parte a Granada a estudiar Filología Románica y se relaciona con movimientos contrarios al régimen Franquista. En 1970 lanza un cóctel molotov contra una oficina del Banco Bilbao, en protesta por el Proceso de Burgos, por lo que se ve obligado a exiliarse, pero no tiene pasaporte. En esos días conoce a un hombre, quien tras sólo unas horas de conversación le cede el suyo. Con nombre falso, Sabina pone rumbo a Londres, donde vivirá un tiempo como “okupa”. En el año 1977, tras la muerte de Franco, consigue volver a España y se instala en Madrid y empieza su carrera de cantautor y poeta urbano.