22 de febrero de 2011

*En el zulo

El orificio por el que de vez en cuando vislumbraba la luz debe estar taponado y estoy completamente a oscuras. Además, tiene que haber descendido la temperatura, pues tengo frío y tiemblo, acurrucado y desnudo como estoy en una esquina de esta sórdida mazmorra. Llevo días sin probar alimento alguno, ni tan siquiera agua. Deben haberse olvidado de mí. Aún sé cómo me llamo, pero ¿por cuánto tiempo? Creo que esperan a que me vuelva loco para juzgarme mejor. Sé que me han condenado, pero desconozco la razón. Me metieron aquí y se fueron sin decir nada. Nunca antes los había visto, ni los he vuelto a ver. Tal vez me dejen morir aquí, sin más, y sólo retiren mi cuerpo cuando ya el hedor se vuelva tan insoportable que les sea imposible soportarlo por más tiempo. No lo sé. Por otro lado, nadie me echará en falta, ni nadie hay a quien yo pueda encomendarme, aunque sea a través de esos trozos inconexos de viejas oraciones que apenas recuerdo, ahora que trato de rezar. Pero no estoy desesperado. Apenas siento nada. Al fin y al cabo, nunca entendí muy bien qué era eso de vivir la vida. Me despojaron de todo justo al nacer. Así pues, si me ejecutan, al fin descansaré.