8 de diciembre de 2011

*Querida desconocida

A veces me da por pensar en ti; trato de imaginar cómo eres en verdad, qué alegrías o penas guarda tu cauteloso silencio, cómo sería sentir tu afecto sin murallas, o pasear contigo en barca sin el verbo.

A veces, cuando pienso en ti, sólo pienso en ti. Lo que quiero decir es que no pienso "en un ti conmigo", o, por decirlo más claramente, "en un nosotros". No, en esas ocasiones, yo quedo fuera de ese pensar único y puro que eres tú. Cuando pienso en ti de este modo, tú eres un gran enigma existencial y yo el filósofo presocrático que te observa desde la antigüedad de sus días venideros.

Lo que nunca hago es pensar en ti sintiendo que pienso demasiado en ti. Eso no. Cuando pienso en ti, siento mi pensar como algo absolutamente natural y sencillo que no hay porqué complicar tratando de explicarlo.

Hay veces que pienso en ti para tratar de no pensar en mí. Pero entonces mi pensar no fluye natural, sino totalmente forzado, y enseguida me extravío y lo abandono; abandono el esfuerzo de un pensar no deseado, por otro pensar más liviano y espontáneo que me devuelve al justo cauce de tu nombre.

Otras veces, en cambio, pienso en ti para, precisamente, poder pensar en mí. Entonces, conscientemente, te erijo en la sencilla mujer de mi sublime ensueño para, de este modo, constatar mi exacta estatura y apuntalar mi voluntad de crecer hasta esa idealizada altura que mi momentáneo pensar te ha asignado.

Es por todo esto, querida desconocida, y porque de algún modo hay que esperanzar la espera, que a veces me da por pensar en ti.