18 de diciembre de 2011

*Podríamos...

Ya apenas leo libros. Sólo frases sueltas. De aquí y de allá. Abro al azar un libro cualquiera y picoteo en él como haría una gallina en un vasto granero; una gallina que harta de grano y de literatura sigue picoteando porque es gallina. Al final del día, la gallina pondrá su huevo redondo y blanco. Su huevo loco. Yo seguiré en mi cuarto abarrotado de libros, sabiendo que detrás de las palabras siempre hay más palabras. Que trás cuanto se dice queda todo cuanto no se dice. Que eso que no se dice seguirá sin ser dicho mucho tiempo. O no se dirá jamás. Que sobre lo dicho, en cambio, se seguirá diciendo sin cesar, aportando siempre nuevas variaciones. Y por eso, en el próximo encuentro de dos bocas la batuta volverá a marcar un cómodo "tempo", como de swing o vals de Viena en Viena, y las palabras escaparán de esos labios como una de esas pegadizas melodías que no es posible dejar de tararear o de seguir con los pies. Porque es así como hablan los hombres con los hombres y la mujeres con las mujeres y los hombres y la mujeres entre sí: desde esa fatalidad, aunque detrás de las palabras a veces sólo haya únicamente palabras, o aunque en ocasiones la vida sea en verdad lo que a veces parece: un mal tango peor bailado. Aún así. O, quizás, por eso.
Y no obstante lo dicho, siempre nos quedará la posibilidad de hacerle un quiebro al destino, de, como suele decirse, jugárselo todo a una carta. Sabemos que podemos cambiar radicalmente nuestra vida en cualquier momento. Y sabemos cómo. Lo hemos maquinado a lo largo de mil noches de insomnios. Pero está el miedo, ese gélido temblor que nos petrifica y nos impide dar el paso. Es un paso que urge dar, pero no lo damos. Podríamos, pero no podemos.