En Madrid tuve algunas buenas ideas, pero no la necesidad de registrarlas, así que las dejé pasar. “Si son realmente buenas -pensé- ya volverán”.
Hay que fiarse de ese instinto que nos empuja a no aferrarnos a nada, a dejarnos simplemente llevar. Como esa última tarde, en la "Gran Vía", frente a aquella pobre jonky, tan sucia y avejentada y, en realidad, tan terminalmente desahuciada, y a la que, para librarme de ella, entregué dos míseros euros en un gesto de falsa solidaridad que aún hoy, al recordarlo, me averguenza y que, desde luego, no me hizo sentir la alegría de la verdadera fraternidad. Ella, en cambió, me regaló su sonrisa desdentada y esta destemplada reflexión sobre mi mezquina condición humana. (Tenía pinta de haberse llamado alguna vez Lorena, y así se llamará en mi memoria mientras la recuerde).