Cuando un estado de ánimo se cronifica en el tiempo, se convierte en un modo de ser. Un modo de ser sólo se abandona conformando otro modo de ser. Ni el certero pensar ni la buena voluntad son modos de ser. Lo que determina un modo de ser es la actitud traducida en hechos.
También la infelicidad, cuando se perpetúa, se convierte en un modo de ser. Porque un modo de ser no es más que un modo de sentir. Y lo que sentimos cuando sentimos la infelicidad es el peso de los hechos que nos hicieron desdichados.
Aceptémoslo, pues, hermanos en el desánimo que a veces provoca la vida: es con nuestro modo de sentir que forjamos nuestro modo de actuar, y con él, nuestro modo de ser.