Si estás aquí porque alguien desengañó tus sueños,
o la vida los estampó contra el suelo,
sin importarle si tu lírico ensueño
era de fina y exquisita porcelana.
O si fuiste tú quien defraudó los sueños de otro,
quizá porque en aquel entonces
en ti el deseo era más fuerte que el amor,
o porque tal fue en aquellos días
tu epicúrea o juvenil voluntad.
Si estás aquí porque alguien con su encanto te extravió
y tuviste que recomponer tú sola el camino,
surcando, a través del fango y de la herida,
esa cicatriz que ya nunca será olvido.
O si por ti se perdieron otros
que acudiendo ciegamente a tu reclamo
no supieron dar contigo
o tú supiste muy bien cómo extraviarlos.
Si estás aquí
porque eres la constructora de tu propia biografía
y conoces cuánta letra y cuánta sangre cuesta
ceñirse a la correcta gramática de la vida.
O si lo estás, sencillamente, porque la soledad
es una pesada manta que no abriga
y a veces, en la noche, sientes frío
y hasta nostálgicos temblores sientes.
Si estás aquí
porque en lugar de un incandescente universo
te ofrecieron un seductor cielo de papel pintado
y cuando al final del día irrumpió la tormenta,
una eléctrica descarga de tristeza
te abrió los ojos de repente,
inundando, a un tiempo, tu corazón
de aguas negras e imbebibles.
Si estás aquí, en fin, por la razón que sea,
recuerda entonces, por un instante,
y únicamente porque estás aquí,
que el amor es tan sólo un punto de partida.