Asomado a la ventana
frente a todos los ocasos
la tarde tiene el sabor
del deseo de tus pasos
en la hora en que no vienes.
Y hay en el aire una olor
a incienso y agua bendita
y al perfume que en la ermita
deja rezando una beata
con romero en su boquita.
"¡Padre mío, tengo ardores,
siento penas, madre mía!"
Y en el campo los trigales
peinan sus rubios cabellos
niña que tus ojos bellos
encienden deseos de amares
cuando dulcemente miran.
Y las campanas sonando
a rebato han de tocar
cuando tú me des tu amar
mira que estoy suspirando
por que llegue ya ese día.
"¡Padre mío, tengo ardores,
siento penas, madre mía!"
Sobre la tarde dorada
el cielo viste rosado
parece un enamorado
que montado en nubes blancas
va al encuentro de su amada.
Y aquí aguardo confiado
por un amor que no llega
que en la hora de la siega
el que antes ha sembrado
recoger ahora espera.
"¡Padre mío, tengo ardores,
siento penas madre mía!"
Pero una blanca paloma
que por el cielo va hermosa
cruza mi ensueño y se posa
sobre la pena mojada
de la ropa en los balcones.
Y ahora toda la poesía
de esta sublime hora mía
son dos alondras que se aman
sobre una vieja cornisa
perfumada por tu risa.
"¡Padre mío, tengo ardores,
siento penas, madre mía!"