11 de enero de 2012

*El viejo carallo

Al viejo del bar, un gallego al que por su mala hostia todos a sus espaldas mentan "el viejo carallo", no le pienso pagar. De eso que se olvide. ¿Tengo yo, acaso, cara de idiota? Puede que sí, pero no es esa la cuestión. La cuestión es que esa bazofia de vino que él llama "de la casa" no vale lo que me pide. Y como no espero que me pida lo que realmente vale, pues eso, que hoy no le pago.
Así que me he acercado a la barra y manoseando el billete de 50€ que llevaba en uno de mis bolsillos le he dicho: "Tobías, luego vuelvo, que he olvidado la cartera". Él me ha mirado un instante con turbia desconfianza y se ha ido refunfuñando hacia el fondo del bar, seguido por su perra, un bulto penoso de color ceniza, siempre despatarrado junto al motor de las neveras.
La perra se llama "Luna" y es ciega, por lo que sólo se guía por el olfato. Yo a veces la llamo "Eclipse" y ella entonces deja escapar un hondo y lastimero aullido, como si comprendiera. Ya tiene trece años y el mismo agrio carácter que su amo. Deberían sacrificarla, para bien de ella y del negocio. Pero cualquiera le suelta eso al "viejo carallo".