8 de marzo de 2011

*A los otros los dejaron allí

Al principio de todo vivía en un agujero húmedo y oscuro en el que sólo cabía yo. Luego, al cabo de un tiempo, me sacaron de allí y me metieron en otro agujero más grande en el que ya había otros muchos como yo. Todos se parecían a mí en la mirada, en el temor.
El nuevo agujero estaba lleno de zonas oscuras por las que era peligroso transitar. Era allí donde vivían los seres sin sombra, entes huidizos que sólo existían para asustar, y que al atardecer, cuando la luz menguaba y el ruido de las cisternas semejaba el ulular de pájaros siniestros, salían a la caza de nuestras almas infantiles.
Varias veces al día nos formaban en largas filas y deambulábamos en cabizbajo silencio por oscuros e interminables pasillos. Siempre había quien durante el trayecto gimoteaba un poco, quien no podía evitar llorar por fuera lo que sólo debía llorarse por dentro. Pero al instante el blandengue de turno recibía su castigo. Y aprendía. Todos lo hacíamos.
Luego a mí me llevaron lejos, al agua y a la luz, y allí viví durante un largo tiempo entre personas buenas y animales que me querían.
A los otros los dejaron allí. Creo que enloquecieron.