El Profesor Igol Nicolaev era un judío de ascendencia rusa que -según sus propias palabras- había tenido que escapar del paisaje ruso como de la peste.
-Sólo cuando logré dejar atrás la estepa y me hallé al otro lado del océano pude empezar a filosofar -le había confesado innumerables veces a Hole.
Hole siempre había sentido por él una gran admiración y en cierto modo aún lo consideraba su verdadero mentor.
Ahora apenas se le nombraba, pero durante decenios la palabra del Profesor Igol había sido como un faro en la noche; la luz que había señalado el rumbo a toda una intelectualidad sumida en la más oscura deriva. Pero tras la repentina muerte de su mujer, hacía unos quince años, el profesor se había apartado de todo y ya no había vuelto a salir de su refugio en el “Pasaje Ciorán”.
En realidad, el pasaje Ciorán no era más que un estrecho y sombrío callejón sin salida. Y una verdadera trampa para los que se adentraban en él creyendo que conducía a alguna parte. El Profesor tenía su vivienda en la última planta de un desgastado edificio de tres pisos, al final mismo del callejón, junto al muro que tapiaba la salida del pasaje. No era un lugar que inspirara confianza alguna a nadie sino todo lo contrario: sólo suspicacias y rechazo.
Después de años, Hole aún no comprendía la obsesión del profesor por aquel lugar del que los demás vecinos, en cuanto habían podido, habían escapado. Al final, en todo aquel conglomerado de viviendas semiderruidas que conformaban el pasaje, sólo había quedado él. Pero esto, en contra de hacerle recapacitar, lo había aferrado aún más a “su callejón” y a partir de entonces fue ya usual verle rondar por él a altas horas de la madrugada cual siniestro amo por sus oscuros dominios. Sí, en el asunto del callejón, el profesor siempre se había mostrado inconmovible.
Hole aún recordaba cómo en una de sus primeras visitas, y para su extrañeza, éste le había confesado que en realidad aquel callejón sin salida había sido, desde el primer día, su única salida; que sólo allí, en su vivienda del “Callejón sin salida Ciorán”, como lo había llamado, había podido dejar definitivamente atrás la estepa y empujar su pensamiento hacia lo más alto. El profesor Igol le había asegurado que toda su obra no era más que la trascripción exacta de sus reflexiones nocturnas a lo largo del callejón y siempre a partir del muro, y que sin aquel transitar suyo por la oscuridad del callejón él jamás habría podido tener un solo pensamiento decisivo.
-Toda mi filosofía –le había dicho- no es más que la consecuencia de ese constante ir y venir desde el muro hasta el muro a través del oscuro callejón”.
Y en otra ocasión se había referido al callejón como “el manto con el que había podido abrigar su desesperanza”.
-Sólo cuando logré dejar atrás la estepa y me hallé al otro lado del océano pude empezar a filosofar -le había confesado innumerables veces a Hole.
Hole siempre había sentido por él una gran admiración y en cierto modo aún lo consideraba su verdadero mentor.
Ahora apenas se le nombraba, pero durante decenios la palabra del Profesor Igol había sido como un faro en la noche; la luz que había señalado el rumbo a toda una intelectualidad sumida en la más oscura deriva. Pero tras la repentina muerte de su mujer, hacía unos quince años, el profesor se había apartado de todo y ya no había vuelto a salir de su refugio en el “Pasaje Ciorán”.
En realidad, el pasaje Ciorán no era más que un estrecho y sombrío callejón sin salida. Y una verdadera trampa para los que se adentraban en él creyendo que conducía a alguna parte. El Profesor tenía su vivienda en la última planta de un desgastado edificio de tres pisos, al final mismo del callejón, junto al muro que tapiaba la salida del pasaje. No era un lugar que inspirara confianza alguna a nadie sino todo lo contrario: sólo suspicacias y rechazo.
Después de años, Hole aún no comprendía la obsesión del profesor por aquel lugar del que los demás vecinos, en cuanto habían podido, habían escapado. Al final, en todo aquel conglomerado de viviendas semiderruidas que conformaban el pasaje, sólo había quedado él. Pero esto, en contra de hacerle recapacitar, lo había aferrado aún más a “su callejón” y a partir de entonces fue ya usual verle rondar por él a altas horas de la madrugada cual siniestro amo por sus oscuros dominios. Sí, en el asunto del callejón, el profesor siempre se había mostrado inconmovible.
Hole aún recordaba cómo en una de sus primeras visitas, y para su extrañeza, éste le había confesado que en realidad aquel callejón sin salida había sido, desde el primer día, su única salida; que sólo allí, en su vivienda del “Callejón sin salida Ciorán”, como lo había llamado, había podido dejar definitivamente atrás la estepa y empujar su pensamiento hacia lo más alto. El profesor Igol le había asegurado que toda su obra no era más que la trascripción exacta de sus reflexiones nocturnas a lo largo del callejón y siempre a partir del muro, y que sin aquel transitar suyo por la oscuridad del callejón él jamás habría podido tener un solo pensamiento decisivo.
-Toda mi filosofía –le había dicho- no es más que la consecuencia de ese constante ir y venir desde el muro hasta el muro a través del oscuro callejón”.
Y en otra ocasión se había referido al callejón como “el manto con el que había podido abrigar su desesperanza”.