Ayer, el desconocido del bar de la otra noche –el mismo que por haberle escuchado una vez, ya debe de pensar que soy su “colega” y que le comprendo- volvió de nuevo a asaltarme, abortando de forma totalmente grotesca y sin ningún tipo de miramiento el desarrollo de mis propias cavilaciones, ya muy avanzadas en aquel preciso instante, por lo que en ningún caso debían ser interrumpidas.
Esta vez, el desconocido me soltó que desde siempre su familia había resultado ser una trampa para los de fuera, aunque no una trampa tan letal, dijo, como lo había sido para los de dentro, y que de una familia como la suya sólo se podía escapar mediante el suicidio o el asesinato.
Y dijo que frente a este dilema él había sabido tomar la decisión más acertada, y que los veintiséis años pasados en el penitenciario habían sido lo más felices y fructíferos de toda su existencia. ¡Como una verdadera infancia!, dijo, pero que ahora que lo habían excarcelado, expulsándolo de su verdadero hogar, se hallaba de nuevo confundido y volvía a ser víctima de aquella antigua ira y de aquel turbio desasosiego. Y al igual que la otra vez, de súbito pagó su copa y desapareció sin más.
Y dijo que frente a este dilema él había sabido tomar la decisión más acertada, y que los veintiséis años pasados en el penitenciario habían sido lo más felices y fructíferos de toda su existencia. ¡Como una verdadera infancia!, dijo, pero que ahora que lo habían excarcelado, expulsándolo de su verdadero hogar, se hallaba de nuevo confundido y volvía a ser víctima de aquella antigua ira y de aquel turbio desasosiego. Y al igual que la otra vez, de súbito pagó su copa y desapareció sin más.
Sólo entonces, de nuevo resguardado de todos en mi lugar habitual de la barra, pude retomar la tela de araña de mis indagaciones que debían conducirme hasta la razón última de por qué, y desde hacía ya meses, de mis sueños sólo escapaban pájaros espantados.