Sólo tengo un defecto: ¡dependo de ti para sobrevivir!
Estoy aquí, sentado junto al teléfono, y pienso en esto: "La vida no es justa. Si fuera justa, no sería la vida, sino la medida exacta de cualquier otra cosa".
Pero no quiero desviarme. Te decía que ahora vivo aquí, junto al teléfono, esperando que no me llames. Es mi forma de tejer el olvido. Otros, para lograr lo mismo, se compran bonitas corbatas para usarlas como sogas. Son su excusa para no suicidarse de nostalgia. Pero yo no. Yo quiero vivir. Me lo digo cada mañana: ¡quiero vivir!, y así, de este modo, casi me convenzo de ello.
Sí, quiero vivir. Y tengo mis buenas razones. Porque un quinto piso es demasiada altura desde arriba. Y está, además, el asfalto, que es duro. Y sucio. Tan sucio como el modo que tuviste de dejarme. Dijiste: ¡no pienso llamarte más! Pero llamaste. Y no una, sino dos, ¡dos veces! ...ringggg..., ...ringggg... ¡Hola, soy yo! Fué como clavarme unas tijeras en el cuello. Y no una, sino ¡dos veces! ...ringggg..., ringggg..., y mi odio que no supo no coger el teléfono.
Y ahora que lo pienso: te faltó elegancia para ser cruel. Yo te habría matado vestido de etiqueta. Un tajo limpio desde la vagina a los ojos sin dejar de susurrarte un sólo momento "amor mío".
Pues sí, como te decía, aquí estoy, sentado junto al teléfono sin poder pronunciar tu olvido, porque tu recuerdo es una tos que me lo impide.
...ringggg..., ...ringggg..., ¿Eh? ¡No, no, es imposible que seas tú! Te maté hace apenas una hora. Fue un tajo limpio desde la mirada a los pies. Por cierto, mientras te desangrabas me estuve contemplando en el espejo. La verdad es que no estoy nada mal vestido de etiqueta...