27 de junio de 2012

*Mi anhelada ancianidad

A menudo me sorprendo a mí mismo deseando que pasen los años. Y me reconforta pensar que en efecto es así, que los años vuelan. Ya en el colegio de mi infancia, mientras los otros niños fantaseaban con ser Tarzán o Superman, yo tan sólo soñaba con ser un anciano. Un anciano solitario, armado con recio bastón de roble y pocas y exactas palabras. Ese ha sido siempre mi secreto anhelo. Por eso me reconforta tanto esa aceleración del tiempo que a menudo sorprendo en mi cabeza, esas prisas del deseo por llegar. Y es que sólo cuando por fin me torne un ser decrépito e inservible y me echen con alivio al cubo de la jubilación -y para esto, forzosamente han de pasar los años-, sólo entonces, digo, habré alcanzado mi sueño. Sí, sólo entonces, más cerca ya de la muerte que de la vida, pero más vivo y libre que nunca.
Por otra parte, ¿qué, si muchos de aquellos niños que pensaban ser Tarzán ya nunca llegarán a ser ancianos? Tal vez, viviendo de pleno su ensueño, quebró la liana que los precipitó desde lo alto. La vida no es un cuento de hadas para nadie y a eso me atengo. Y por eso, porque me atengo, yo, que nunca deseé ser Superman, tal vez consiga algún día pasear mi recio bastón de roble y mi anhelada ancianidad, parca en exactas palabras.